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La emperatriz Yang Kwei-fei (1955) DVD





















Título original
Yôkihi
Año
Duración
98 min.
País
Japón Japón
Dirección
Guion
Matsutaro Kawaguchi, Masashige Narusawa, Yoshikata Yoda, Ching Doe
Música
Fumio Hayasaka
Fotografía
Kohei Sugiyama
Reparto
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Productora
Daiei Studios / Shaw Brothers
Género
Drama | Siglo VIII
Sinopsis
Ambientado en la China del siglo VIII. Narra la historia de amor entre el emperador Hsuan Tsung, viudo desde hace algunos años, y una joven plebeya que se parece mucho a su mujer.

2 comentarios:

  1. Premios
    1955: Festival de Venecia: Nominada a Mejor película

    Desde el lejano Oriente, se nos legaron hace décadas genuinas maravillas del séptimo arte. Hubo directores en Japón que no sólo se dedicaron a hacer cine estratosférico. Hicieron un cine prácticamente perfecto, sublime, de primera magnitud, que brillaba con tanta potencia que su luz no se ha apagado ni un ápice, ni siquiera con lo mucho que ha llovido en el medio siglo que hace que fueron alumbradas esas delicadas exquisiteces.
    Mizoguchi, por si cabía alguna duda, es para mí el mejor director japonés de todos los tiempos. En mi escala personal, supera en algún peldaño (aunque por muy poco) al insigne Yasujiro Ozu, y también al gigante Akira Kurosawa. Pero he de reconocer que es tremendamente difícil dilucidar cuál de los tres es más magnificente. Tres verdaderos dioses del invento de los Lumière, que copan en todo caso los puestos más altos del podium.
    Hay cineastas que lo llevan en la sangre. Que portan en sí esa alquimia milagrosa del arte, la sabiduría, la diligencia absoluta en su cometido, el respeto, la veneración, la comprensión y el asombro hacia los diversos aspectos de la vida en general, hacia la Historia, hacia las culturas, los pueblos, las épocas. Para quienes lo que relatan, aunque sea el relato sobre el más humilde de los humildes, es objeto de admiración y culto. Observadores ecuánimes, comprensivos, raras veces indulgentes aunque a menudo compasivos. Exponiendo al foco de su agudeza la complejidad de la gente y de las culturas. Con una elegancia inigualable, cada director en su estilo, pintó un lienzo móvil en el que retrató e inmortalizó rasgos, comportamientos, pasiones, tribulaciones, tragedias y hechos cotidianos, tanto sencillos como trascendentales. Las historias narradas en esas imágenes armoniosas, exóticas, corrientes, llamativas, sosegadas o enervantes, y siempre hermosas, son historias sobre trozos de plena vida que nunca morirá.
    Kenji Mizoguchi me taladra hasta las fibras más recónditas fotograma a fotograma. Me transporta a tiempos remotos, a lugares que no he pisado jamás, a acontecimientos que hablan de honor y deshonor, amor y odio, sufrimientos y alegrías, rebeldías y acatamientos, redenciones y castigos, y el empeño de las personas en crearse prisiones a su alrededor, cadenas que no se ven pero que las atan con ligaduras más apretadas que las de la más recia de las sogas. Las cadenas del honor, de la ley y del ojo público.
    Mizoguchi dio lugar a un romance desgarradoramente conmovedor, ricamente decorado con una fotografía en color que resalta la deliciosa gama cromática de los vestidos y de los escenarios. Adornado con la serenidad de ese objetivo minucioso y sutil. Con los rasgueos de los instrumentos. Mezclando suavidad y vehemencia. El roce de un amor que nace como las flores del ciruelo. Silenciosamente, discretamente, hasta que de pronto muestra un esplendor que roba el corazón y los sentidos.

    Crítica de: Vivoleyendo Huelva (España)

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  2. Gracias por estas maravillas

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